El fin de semana que lo cambió todo

VIERNES

Es viernes: día de quebranto, aflicción y temor. Día oscuro, día de agonía de sangre y muerte.
De lejos se ve la silueta de la cruz allí en la parte alta de la montaña. Ese instrumento de tortura y ejecución cruel, sanguinario, atroz que inventaron los romanos y que fue pensado para perpetrar un dolor y un sufrimiento indescriptible que las víctimas padecerían hasta el último momento.
Allí están los soldados romanos con sus martillos pesados golpeando con fuerza y brusquedad esos grandes clavos que se están incrustando entre la carne, los huesos, los tendones de las manos y pies del Maestro. Hay rostros que expresan burla, sonrisas sarcásticas hirientes, un disfrute por producir dolor desgarrador. Los demonios están merodeando. Satanás tiene la idea rondando en su cabeza de que esta vez… «sí, esta vez parece que voy a ganar».

Es el mediodía, la tierra se llena de oscuridad. Un grito desgarrador, el último suspiro. La cortina del templo se parte en dos, la tierra tiembla, las rocas se parten, las tumbas se abren y el sol se oscurece. Los soldados de repente sienten terror y reconocen que ese crucificado no era uno más. Era quien decía ser.
Ríos de sangre corren por el cuerpo rasgado que cuelga del madero. El tiempo se detiene. María llora quebrantada. Sus seguidores llevan el cuerpo a la tumba. Los soldados cierran la puerta. La noche y la oscuridad caen con fuerzas sobre la tierra.

SÁBADO

Amanece, pocos han podido conciliar el sueño. El alma duele profundamente. Es sábado de un silencio ensordecedor; hay confusión, dudas, angustia, desilusión. Desearíamos que todo hubiese sido solo un sueño o una horrible pesadilla.
Hay muchas preguntas, pero no hay respuestas.
Venimos de un día trágico, violento. Y de repente no escuchamos nada, no vemos nada, no entendemos nada. Solo hay silencio, desesperanza. No van a reconocerlo públicamente, pero algunos piensan que Jesús falló, no sucedió lo que esperaban y ahora es tarde, demasiado tarde. Todos sabemos lo que ocurrió el viernes y lo que sucederá el domingo. ¿A quién le importan los sábados desoladores?
Nuestras vidas están llenas de sábados. El sábado es el día que con más claridad refleja la realidad de la vida cristiana.

Días en los que lo único que nos queda es aferrarnos con todas nuestras fuerzas, y como único recurso, a sus promesas.
Y es en medio de esos días vacíos, en que Él sabe, nos abraza y se duele con nosotros.

DOMINGO

Domingo día de alegría, de correr con todas nuestras fuerzas hacia la tumba vacía.
Pedro y Juan corren presurosamente hacia la tumba de Jesús. María Magdalena les acaba de decir que junto a otras mujeres fueron a la tumba para ungir su cuerpo con especias aromáticas, pero que éste ya no estaba allí.
Juan, el más joven de los dos, es el discípulo amado. Él estuvo con Jesús en el momento de ser crucificado y fue el único de sus discípulos que permaneció a su lado hasta el final. Se lo ve frágil, con la imagen fresca de la muerte sangrienta y dolorosa de su Maestro rondando sus pensamientos, como si apenas pudiera convencerse a sí mismo de que Cristo podría estar vivo nuevamente.
A su lado está Pedro, quien fue quizás el más infiel de los discípulos. Quien lo negó públicamente a Jesús en la noche más oscura de su vida. Se lo ve aterrorizado, agobiado, como si por varias noches no hubiese podido conciliar el sueño, avergonzado, pero con un atisbo de esperanza. No está seguro de poder creer lo que le acaba de contar María Magdalena; pero con todas las fuerzas de su alma quiere hacerlo. Lo desea y lo necesita más que nadie.

Mientras corre hacia la tumba, lleva su mano sobre el pecho, sintiendo cómo en su corazón comienza a latir la luz de la esperanza de una nueva oportunidad. Ese corazón que minutos antes estaba abatido, roto y tan muerto como su Maestro el viernes anterior, parece cobrar vida otra vez.
Los ojos de ambos contienen una mezcla de ansiedad y esperanza, como los ojos de un padre que espera las noticias de un nacimiento inminente. En medio de la incertidumbre surge la expectativa que produce una luz de esperanza.
Los dos están corriendo juntos. El más joven y el más viejo de los discípulos vienen de situaciones diferentes, pero ambos han estado cerca de los acontecimientos dolorosos de las últimas horas y ahora van hacia el encuentro de lo que anhelan y todavía no pueden ver. Están corriendo hacia el descubrimiento del momento que alteraría para siempre el cielo y la tierra.
Todos somos Juan y Pedro en algún momento o casi siempre, corriendo hacia Jesús en medio de nuestros miedos, ansiedades, incertidumbres acerca del futuro, pérdidas y desesperación, dudas y vacío a medida que enfrentamos las pruebas y las dificultades de la vida.
Corremos con el peso de la vergüenza de los errores cometidos en nuestros días oscuros, con el quebrantamiento que nos produce el desgaste de la lucha diaria y esperando con todas las fuerzas de nuestros corazones que Jesús esté vivo, y que todavía nos ame, nos reciba, nos perdone.

Los sueños, las emociones, las visiones que habían sido destrozados, que se derrumbaron y cayeron en un olvido insoportable ese viernes negro, parecen ir ahora corriendo con desesperada anticipación hacia el encuentro de la vida.
Que esta Pascua sea de consuelo para cada uno de nosotros. Que nuestra fe aumente y nuestros corazones quebrantados sean sanados. Recordemos que, a pesar de nuestros propios fracasos, Dios nos ama y nunca nos dejará ir. Afirmemos en nuestros corazones la realidad de que la muerte no es el final. Porque si Jesús resucitó de los muertos también nosotros lo haremos.
Descubramos por nosotros mismos la tumba vacía. Jesús no falló. Venció a Satanás de una vez y para siempre.
Que en estos días nuestros ojos se llenen de la misma esperanza desesperada que Pedro y Juan tuvieron esa mañana inolvidable del primer día de la semana. El primer día del resto de la historia.

Leemos juntos en familia
San Lucas 23
Mateo 27 
San Juan 20

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Posted on April 5, 2020 in Escritos, Ideas, Recursos

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